
El 26 de agosto amaneció con una confesión que cimbró no solo a los tribunales de Brooklyn, sino también al corazón político de México. Ismael “El Mayo” Zambada, uno de los capos más poderosos y longevos del narcotráfico, pronunció en español una sola palabra que cargaba décadas de silencios: “culpable”. Admitió haber sobornado a militares y políticos mexicanos, un reconocimiento que vuelve imposible esconder bajo la alfombra la sombra del crimen organizado en la vida pública del país.
Claudia Sheinbaum, en Palacio Nacional, intentó sostener el guion preparado: hablar de energía, inversiones y la transición hacia la termosolar en Baja California Sur. Pero el estruendo de la confesión la obligó, tarde o temprano, a enfrentar el tema que nadie podía ignorar.
El intento de desviar la conversación
La mandataria buscó, con disciplina, mantener las preguntas dentro de su terreno preferido: proyectos energéticos, el legado de López Obrador y las críticas a los expresidentes. Sin embargo, en cuanto la primera intervención ciudadana tocó el nombre de Genaro García Luna y la equiparación que hizo la DEA entre él, El Chapo Guzmán y El Mayo, la narrativa se desvió irremediablemente.
Sheinbaum aprovechó la oportunidad para atacar de nuevo al exsecretario de Seguridad y celebrar la voz de Terrance Cole, jefe de la DEA, que colocó a García Luna en la misma liga que los narcotraficantes más temidos. Fue un giro estratégico: del escándalo de Zambada al viejo expediente de corrupción que ya forma parte de su arsenal discursivo.
La sombra de los sobornos
Pero la pregunta que quedó flotando, incómoda, fue otra: ¿cómo pudo Zambada tejer durante décadas una red de complicidades con militares y políticos sin que ningún gobierno —incluido el de López Obrador— lo tocara?
Mientras Estados Unidos arrestó al capo sin disparar un solo tiro en territorio mexicano, Sheinbaum pidió a los periodistas enfocar su lupa en el procedimiento del arresto en vez de indagar sobre la larga historia de impunidad que permitió el ascenso del Cártel de Sinaloa.
Era, en el fondo, un intento de cambiar el ángulo de la discusión: del mea culpa institucional hacia la narrativa de que México es víctima de las acciones unilaterales de Washington.
La confrontación con Trump y Miller
El discurso presidencial también buscó un contrapeso en el terreno internacional. Sheinbaum señaló a Stephen Miller, estrecho colaborador de Donald Trump, como ejemplo de la desinformación y prejuicio que persiste en sectores de la derecha estadounidense.
Con tono de agravio, defendió la Ciudad de México frente a las acusaciones de Miller sobre violencia e inseguridad. Recordó que, hasta hace apenas unas semanas, hablaba de una “comunicación de alto nivel” con Estados Unidos, pero algo se quebró en esa relación. Ahora, la mandataria recurre a la narrativa de confrontación, con el narcotráfico y las operaciones militares en aguas internacionales como telón de fondo.
Una agenda fragmentada
En medio de comentarios a modo, que le permitieron volver a criticar a la “Marea Rosa” y a los expresidentes del INE, Sheinbaum intentó recuperar la centralidad de su mensaje: las inversiones energéticas, las reformas heredadas y hasta un guiño patriótico al felicitar a la tenista mexicana Renata Zarazúa.
Pero la imagen que quedó marcada en el aire no fue la de la termosolar de Baja California, sino la de un capo que, desde un tribunal extranjero, admitió haber comprado voluntades mexicanas a lo largo de generaciones.
Un golpe que rebasa los muros del Palacio Nacional
La confesión de El Mayo no es solo una derrota moral para la élite política mexicana. Es un espejo que refleja la fragilidad de las instituciones frente a un poder paralelo que corroe desde dentro. Y aunque Sheinbaum intente tejer un relato donde México es víctima del intervencionismo estadounidense, la pregunta que late en el fondo es más dolorosa:
¿Cuántos “Mayo” han existido, amparados en la complicidad del poder político, mientras el país pagaba con sangre y silencio?